
Un sermón predicado el 17 de Julio de 1881, Por C.H. Spurgeon, En el Tabernáculo Metropolitano, Newington, Londres, Inglaterra
LA FE ¿QUÉ ES? ¿CÓMO SE CONSIGUE?
"Porque
por gracia sois salvos por medio de la fe" (Efesios 2:8).
En
este sermón deseo considerar especialmente las últimas palabras del texto:
"por medio de la fe." Pero llamaré antes la atención sobre el origen
de nuestra salvación, el cual es la gracia divina: "Por gracia sois
salvos." Dios abunda en gracia, he aquí por qué los hombres pecadores son
perdonados, son convertidos, son purificados, en suma, son salvos. Lo son
debido, no a alguna cosa de ellos o que pudiera hallarse en ellos, sino al
inmenso amor, bondad, compasión, misericordia y gracia de Dios.
Fijaos
bien en lo que acabamos de decir; de otra suerte sufriríais una equivocación.
Fijaos sólo en la fe, la cual es el conducto de la salvación, vendréis a
olvidar la gracia que es el origen y fuente de la fe misma. La fe es la obra de
la gracia de Dios en nosotros. "Nadie puede decir que Jesús es el Cristo
sino por el Espíritu Santo" (1 Cor. 12:3). "Ninguno puede venir a mí,
si el Padre que me envió no le trajere" (Juan 6:44). Así es que el venir
a Cristo o en otras palabras la fe, es el resultado de la atracción divina.
La
gracia es el manantial y la corriente: la fe es el acueducto por el cual el río
de la misericordia fluye, refrescando a los mortales sedientos. ¡Qué lástima
que el conducto llegue alguna vez a romperse! En los alrededores de México se
presenta el cuadro triste de muchos acueductos notables que ya no conducen agua
a la ciudad, pues los arcos están rotos y aquellas obras maravillosas se
encuentran arruinadas. Preciso es que el conducto se conserve integro, a fin de
conducir la corriente.
Así
también la fe tiene que ser firme y sana, constituyendo un conducto útil y
directo entre Dios que está arriba y nosotros que estamos abajo, y de este modo
comunique la gracia a nuestras almas.
1.
Pregunta. ¿QUE ES ESTA FE con respecto a la cual se dice "por gracia sois
salvos por medio de la fe "? Muchas descripciones de la fe han salido a
luz, mas casi todas las que he encontrado me han hecho comprender menos que
antes de haberlas conocido Espero no incurrir yo en la misma falta.
La
fe es el más sencillo de los actos mentales. Quizá por esta misma sencillez se
nos hace más difícil explicarla.
¿Qué,
pues, es la fe? Contestación: La fe se compone de tres elementos, a saber: el
conocimiento, la creencia y la confianza.
1.
Primero el conocimiento. Ciertos teólogos romanos, afirman que el hombre puede
creer aquello que todavía no conoce. Quizá un romanista es capaz de hacerlo,
mas yo no. "Cómo creerán en aquél de quien no han oído?" (Rom.
10:14). Debo estar enterado de un hecho antes de poder creerlo. Varias son las
cosas que creo, pero no puedo afirmar que creo en multitud de cosas que jamás
he oído. "La fe viene por el oír." Tenemos que oír primero, a fin
de sepamos lo que nos conviene creer. "Y confiar en ti los que saben tu
nombre" (Salmo 9:10). Nuestra medida de ciencia es esencial a la fe; he aquí
la importancia de adquirir conocimientos. "Inclinad vuestros oídos y venid
a mi: oíd y vivirá vuestra alma" (Isaías 55:3). Tal fue la palabra del
antiguo profeta, y tal es la palabra del Evangelio todavía. "Escudriñad
las Escrituras" y aprended lo que enseña el Espíritu Santo acerca de
Cristo y de la salvación. Procurad saber que Dios existe y que "Es
galardonador de los que le buscan" (Hebreos 11:5). ¡Que él os conceda el
espíritu de conocimiento y del temor de Jehová! Isaías 11:2. Conoced el
Evangelio, sabed lo que son las buenas nuevas, y cómo hablan estas del perdón
gratuito y del cambio de corazón, de la adopción en la familia de Dios y de
otras bendiciones incontables.
Conoced
a Dios, conoced su Evangelio, y especialmente a Jesucristo el Hijo de Dios, el
Salvador de los hombres, unido a nosotros por su naturaleza humana y unido a
Dios, puesto que es divino, y por lo tanto idóneo para obrar como mediador
entre Dios y el hombre. Jesús sabe colocar las manos sobre los dos, sirviendo
de eslabón que une al pecador con el Juez de toda la tierra.
Esforzaos
en conocer más y más a Cristo. Pablo, después de veinte años de convertido,
manifestó a los Filipenses que todavía deseaba conocer más a Cristo. Fijaos
en esto: cuanto más conocemos acerca de Cristo, tanto más entrará el deseo de
conocerle a fin de que aumente nuestra fe. La fe, pues, comienza con la ciencia.
De aquí se deduce la utilidad de ser instruidos en la verdad divina, puesto que
el conocimiento de Cristo es vida eterna. Juan 17:3.
2.
En seguida, la inteligencia se dispone a creer las cosas que son ciertas. El
alma cree que hay un Dios y que éste escucha el clamor de los corazones
sinceros; que el Evangelio es de Dios, y que la justificación por la fe es la
gran verdad que Dios ha revelado con suma claridad. Luego el corazón cree que
Jesús de hecho y en verdad es nuestro Dios y Salvador, el Redentor de los
hombres, el profeta, sacerdote y rey de su pueblo.
Queridos
oyentes, ruego a Dios que desde luego vengáis a parar en esto y a creer
firmemente que "la sangre de Jesucristo, el querido Hijo de Dios, nos
limpia de todo pecado" (1Juan 1:7); que el sacrificio consumado por él es
aceptado por Dios como cabal y perfecto, por cuyo motivo, aquel que cree en Jesús
no tiene condenación.
3.
Por las anteriores consideraciones ya hemos hecho avances considerables hacia la
fe. Con todo eso, antes de completar la idea de la fe salvadora, es
absolutamente necesario agregar otro ingrediente, a saber: confianza. Entregaos
al Dios misericordioso; haced que vuestra esperanza descanse en el Evangelio de
gracia. Confiad vuestra alma al Salvador que una vez murió, pero ahora vive.
Lavad vuestros pecados en aquella sangre expiatoria; aceptad la justicia
perfecta, y todo estará bien. La confianza es la sangre vivificadora de la fe.
Sin esta confianza la fe deja de existir.
II.
LA FE EXISTE EN VARIOS GRADOS, según los conocimientos del Individuo y otras
circunstancias. En algunos casos la fe no pasa más allá de el acto de asistir
a Cristo.
1.
Fijaos por un momento en la madreselva que crece en nuestros huertos. Quizá está
caída y tendida desordenadamente sobre el suelo cubierto de cascajo. Haced que
la planta descanse sobre un arbusto, o un enrejado, o una estaquilla. Desde
luego se agarra a estos objetos merced a unos ganchillos provistos por la
naturaleza, con los cuales se une a cualquier objeto que se le ofrece.
De
semejante modo, todo hijo de Dios tiene en su alma ganchillos espirituales; es
decir, pensamientos, deseos y esperanzas, por los cuales se une con Cristo y sus
promesas.
Aunque
dicha fe es de un carácter sencillo, constituye, sin embargo, un grado
sumamente completo y eficaz.
Podríamos
decir que en este caso, el corazón es la esencia de toda la fe. Nos acogemos a
ella al encontrarnos en grandes apuros, o cuando nos hallamos trastornados por
alguna enfermedad, o abatidos en nuestro espíritu.
Y
como no nos queda otro recurso, nos colgamos de algún objeto, y eso es el alma
de fe. ¡Oh pobre corazón! si todavía no conoces todo lo que desearías
conocer acerca del Evangelio, apégate a lo que ya conoces. Si hasta ahora te
asemejas solamente a la oveja que penetra un poco dentro del río de la vida, y
no llegas a imitar al leviatán, que hace revolver las aguas del hondo mar hasta
sus profundidades, no por eso dejes de beber. Porque el beber, más que el
sumergirse, es lo que te salvará. Afiánzate, pues de Cristo; únete a él; abrázate
a él, que esto es el alma de la fe. Imita a la madreselva.
2.
Otra forma de la fe es, cuando un Individuo se asocia con otro en virtud del
conocimiento que tiene de la superioridad de su compañero, y consiente en
seguir bajo su mando. Este grado de la fe requiere mayores conocimientos que el
anterior.
Un
ciego tiene confianza en su guía, porque sabe que ve. Anda confiadamente por
donde le conduzca su guía. Es tal vez ciego de nacimiento, y desconoce lo que
es la vista, pero sabe que existe, y si su amigo la posee. De consiguiente
estrecha con toda espontaneidad la mano del guía y sigue su dirección.
Esta
representación o imagen de la fe, es la más exacta que podemos idear. Sabemos
que Jesús tiene en si méritos, poderes y bendiciones no poseídos por
nosotros. Por lo tanto, nos entregamos gozosamente a El y nos ponemos bajo su
dirección.
El
niño que concurre a la escuela está obligado a tener fe en la ilustración de
su maestro. Este le enseña, por ejemplo, la Geografía, instruyéndole sobre
los continentes, los océanos, los diversos países, ciudades y gobiernos. El niño
no puede saber por si mismo que estos datos sean exactos, pero confía en su
preceptor y en los libros puestos en sus manos.
Eso
es precisamente lo que tendréis que hacer con relación a Cristo, si es que
deseáis ser salvos. Habéis de saber, porque él lo ha dicho; y habéis de
creer, porque él lo ha asegurado; y habéis de confiar, porque él os promete
la salvación. Casi todo lo que vosotros y yo sabemos, lo hemos adquirido
mediante la fe.
Acaba
de obtenerse un descubrimiento científico, y confiamos en su verdad. ¿Y en qué
basamos nuestra confianza? En la autoridad de ciertos sabios bien conocidos, y
cuya reputación está bien establecida. No hemos presenciado, ni hemos
practicado los experimentos de estos señores; no obstante, creemos su
testimonio.
Así
habéis de obrar con respecto a Cristo. Puesto que él os enseña ciertas
verdades, habéis de ser sus discípulos, creer sus palabras y confiar en su
persona. El os supera infinitamente y se presenta a vuestra aceptación como
maestro y Señor. Si le aceptáis a él y sus dichos, seréis salvos.
3.
Otro grado de fe, todavía superior es, el que nace del amor. ¿Por qué confía
el niño en su padre? Puede ser que yo o vosotros sepamos más acerca de aquel
padre que el Hijo y no obstante, confiamos menos implícitamente en él. La razón
por que el hijo confía en su padre, se encuentra en el amor que el primero
tiene al segundo.
Bienaventurados
y felices los que poseen una dulce fe en Jesús, mezcla con un amor profundo.
Quedan
encantados con su carácter, satisfechos con su misión, y arrobados por la
benignidad que siempre ha manifestado. No pueden dejar de confiar en él, puesto
que tanto le admiran, tanto le reverencian y tanto le aman.
Difícil
es que alguien nos haga dudar de la persona a quien amamos. Si en último caso
nos vemos obligados a ello, entonces surge la terrible pasión de los celos, que
es fuerte como la muerte y cruel como el sepulcro. Pero antes que venga el
quebrantamiento de corazón, el amor es pura confianza, completa seguridad.
4.
La fe realiza la presencia del Dios viviente y del Salvador. Cría en el alma
cierta tranquilidad y reposo parecidos a los que se hallaban en el alma de una
niña durante una tormenta. Su madre se alarmaba, pero la amable niña estaba
muy contenta y palmoteaba en el momento en que el cielo relampagueaba más
vivamente, y gritaba con acentos infantiles:
-¡Mira,
mamá! ¡Qué bonito! ¡Qué bonito! su madre contestó: -Niña, quítate de ahí,
me espanta el relámpago. Mas la muchacha pedía que se le permitiera asomarse y
contemplar la luz tan preciosa que Dios producía en todo el cielo. Era que
estaba segura de que Dios no haría ningún mal a la que era su hija.
-¡Pero
escucha los truenos tan terribles! -contestó la madre.- ¿No dijiste mamá, que
Dios habla en el trueno? Si, -respondió la madre temblando.
-¡Oh!
dijo la niña- ¡qué bonito es oírle!, habla muy serio, pero yo creo que es
porque él quiere que la gente sorda le oiga. ¿No es así, mamá?
Y
así seguía charlando, alegre como un pajarito, porque Dios existía para ella,
y ella confiaba en Dios. Para ella el rayo era la luz preciosa de Dios, y el
trueno la voz maravillosa de él, y esto la ponía contenta.
Me
arriesgo a decir que su mamá conocía mucho más acerca de las leyes naturales
y de las fuerzas eléctricas que su hija, mas estos conocimientos le traían
poco consuelo. Los conocimientos de la madre serian pretenciosos; en cambio eran
mucho más acertados y consoladores los de la hija.
Por
mi parte preferiría ser otra vez un niño, que llegar a pervertirme con la
sabiduría. La fe nos hace portarnos como niños para con Cristo, creyendo en él
como en una Persona real y presente, que está muy inmediata a nosotros y pronta
a bendecimos.
Quizá
esto sea un sueño infantil; pero nos conviene llegar a semejante simplicidad,
si deseamos ser felices en el Señor. "De cierto os digo que si no os
convirtiereis y os hiciereis como niños, no entraréis en el reino de los
cielos" (Mat. 18:3). La fe acepta la palabra de Cristo, así como el niño
confía en su padre y con toda simplicidad le fía el pasado, el presente y el
porvenir. ¡ Que Dios nos conceda tal fe!
5.
Otro grado de la fe proviene de los conocimientos ya comprobados. A esta clase
de fe acompaña el crecimiento en gracia: cree en Cristo puesto que le conoce, y
tiene confianza en él, puesto que Cristo se ha mostrado infaliblemente fiel.
Esta fe no busca ni señales ni notas, sino cree con atrevimiento.
Contemplad
la fe del marinero en su jefe. Me causa admiración. El marinero suelta el
cable, y a impulso del vapor el barco se aleja del muelle. Pasan días, semanas
y aun meses, sin que se divise otra embarcación o alguna tierra. Sin embargo,
sigue de día y de noche impávido hasta que cierta mañana se halla frente al
puerto deseado, y hacia el cual ha venido navegando. ¿Cómo ha descubierto la
ruta sobre el Océano, en el que se borra todo rastro? Ha confiado en su brújula,
su carta marina, su anteojo y en los cuerpos celestes. Obedeciendo las
indicaciones de estos auxiliares y sin ver la tierra, navega con sumo acierto.
Al terminarse el viaje, no necesita variar un punto para entrar al puerto. ¡
Cosa maravillosa eso de navegar sin vista!
Hablando
ahora espiritualmente, consideramos bienaventurado a aquel que, abandonando las
costas de la vista, dice un adiós a las emociones interiores, a las
providencias consoladoras, a las señales y a todo eso. Cree en Dios, y desde
luego se dirige hacia el cielo. "Bienaventurados los que no han visto, y
sin embargo han creído" (Juan 20:29). A ellos les será ministrada al fin
una entrada abundante al cielo, y les será concedido un viaje próspero en el
camino.
III.
Concluiremos con el tercer punto. "¿COMO PODEMOS OBTENER Y AUMENTAR LA
FE?"
Esta
pregunta es para muchos muy seria. Dicen que desean creer, pero que no pueden.
Nos conviene, pues, tratarlo de una manera práctica y no suscitar cuestiones
absurdas. En vez de preguntar, ¿qué he de hacer para creer?, correspondía
creer de una vez, y no fijarse en pequeñeces. Pronto sabremos lo que es la fe,
si desde luego creemos lo que aceptamos como cierto. Si el Espíritu Santo
inspira en vosotros franqueza y candor creeréis la verdad en el Instante en que
esta os sea presentada. Tenéis el mandamiento de creer en Cristo, y sabiendo
que él es seguro, os conviene confiar en él de una vez. De todas maneras el
mandato es firme y claro: "Cree en el Señor Jesucristo y serás
salvo."
1.
Si tropezáis con alguna dificultad, presentadla a Dios en la oración.
Comunicad con el Padre vuestra perplejidad, y rogadle que por su Espíritu Santo
resuelva la duda. Si no puedo aceptar alguna afirmación contenida en un libro,
me permito interrogar al autor sobre el sentido de sus palabras. Con mayor razón,
la explicación del Autor divino satisfará al investigador sincero. El Señor
está pronto para hacerse conocer. Acudid a él y veréis si no es cierto.
2.
Después si la fe os parece difícil, se os hará fácil oyendo con frecuencia y
con atención las cosas que se os manda creer. Creemos una multitud de cosas por
haberlas oído tantas veces. ¿No habéis notado que en la vida común, si oís
una cosa afirmada cincuenta veces al día, al fin llegáis a creerla? Algunos
por este método han llegado a creer hasta lo falso. Dios empleará este método
para obrar fe en vosotros acerca de lo que es cierto: "La fe es por el oír"
(Romanos 10:17).
3.
En caso de que dichos consejos parezcan inadecuados, agregaré el siguiente:
"Oíd el testimonio de otros." Los samaritanos creyeron a causa de lo
que la mujer les dijo acerca de Jesús. Muchas de nuestras creencias estriban en
el testimonio de otros. Creo, por ejemplo, que hay un país llamado el Japón.
Nunca lo he visto, y sin embargo, creo que existe, pues otros han estado allí.
También creo que moriré. Jamás he tenido esa experiencia; pero muchos de sus
conocidos han muerto, y tengo la convicción de que yo también moriré.
El
testimonio de muchos convence de la verdad. Escucha, pues, a aquellos que te
cuentan la manera de su salvación, de cómo fueron perdonados, y de cómo
tuvieron un cambio en su carácter. Escuchando descubriréis que otros
semejantes a vosotros han alcanzado la salvación.
Si
alguno ha sido ladrón, sepa que un ladrón se regocijó al lavar sus pecados en
la fuente de la sangre de Cristo. El que ha sido deshonesto en su vida,
encontrará a otros que habiendo caído de un modo semejante al suyo, llegaron a
purificarse y transformarse.
Si
estáis desesperados, conversad un poco con el pueblo de Dios, inquirid sobre
esto, y comprenderéis que varios que también estuvieron desesperados, podrán
deciros cómo él los salvó. Y al escuchar a varios de aquellos que han puesto
a prueba la Palabra de Dios, el Espíritu Divino os persuadirá a creer.
Quizá
habéis oído del africano que oyó a un misionero que, en algunos países, el
agua suele hacerse tan firme y maciza, que un hombre puede andar sobre ella. El
africano declaró que aceptaba muchas cosas que el misionero les había dicho,
pero que jamás podría creer semejante absurdo. Después llegó a visitar a
Inglaterra y sucedió, un día de gran frío, que el río estaba helado; más El
africano no se arriesgó a entrar en él. Pero se dejaba persuadir. Entonces su
amigo anduvo sobre él, y el africano le imitó, y entró donde otros se habían
arriesgado.
Así
es que, al ver a otros creer, y al notar el gozo y la paz de que disfrutan,
nosotros mismos seréis persuadidos suavemente a confiar en Cristo. Este es uno
de los métodos empleados por Dios para ayudarnos en la fe por su buen Espíritu
4.
Otro plan todavía mejor es el siguiente: fijaos en la autoridad que os ordena
creer. Esto os ayudará mucho. La autoridad no es mía; en tal caso podríais
con razón rechazarla. Ni es la del Papa, porque podríais rechazarla también.
La fe es mandada por Dios mismo. El os manda creer en Cristo y no podéis negar
obediencia a vuestro Creador.
El
capataz de cierta fábrica en el norte de Inglaterra había oído muchas veces
el evangelio, pero estaba acosado de temor de que no podría acudir a Cristo. Su
jefe un día le envió una tarjeta en la que decía:
Ven
a mi casa luego que acabes el trabajo. El capataz se presentó a la puerta de la
casa de su jefe. Saliendo éste, dijo bruscamente:
--¿Qué
quieres, Juan? ¿Por qué me molestas a estas horas? El trabajo está terminado.
¿Qué haces aquí? Señor dijo su Inferior --recibí una tarjeta de usted avisándome
que viniera después de concluido el trabajo.
-¿Quieres
decir que, simplemente porque recibiste de mi una tarjeta, por eso has de venir
a mi casa y venir a molestarme después de las horas de despacho?
-Pues
señor -contestó el capataz- no lo entiendo. Mas me parece que al mandar por
mi, yo tenía obligación de venir.
-Entiende
Juan, dijo su jefe- tengo otro recado que deseo leerte. Y luego se sentó, y leyó
las palabras siguientes:
"Venid
a mi todos los que estás trabajados y cargados, que yo os haré
descansar." -¿Crees que después de recibir semejante mensaje de Jesús,
sería una imprudencia acogerte a tal?
El
pobre capataz comprendió de un golpe todo el negocio, y creyó. Entendió que
tenía buena autoridad y facultades suficientes para hacerlo.
5.
Si todas estas sugestiones no os afirman en la fe, pensad en lo que habéis de
creer: que el Señor Jesús sufrió en lugar de los hombres, y puede salvar a
todos los que confían en El. Pues este es el hecho, el más precioso, el que se
les pide a los hombres que crean; la verdad más consoladora y divina que jamás
se ha puesto a la vista de los hombres. Yo os aconsejo que meditéis mucho sobre
ello, y que escudriñéis el amor y gracia que contiene.
6.
Si al fin no bastan las indicaciones ya hechas, pensad en la persona de Cristo.
Pensad en lo que es, en lo que hizo, en el lugar en que habita, y en la gloria
de su estado exaltado. Pensad mucho y profundamente acerca del Hijo de Dios, y
el Espíritu Santo engendrará la fe en vuestro corazón.
***
(extraído de archivospurgeon.com)